Hace muchos años convencí a mi padre y a mi hermano de asistir a una función de la película El Séptimo Sello, del sueco Ingmar Bergman, en el Ateneo de Caracas. No sabía mucho de la cinta y en aquella época no tenía acceso a ese monstruo informativo que es la Web para informarme de qué iba la trama. Yo sólo sabía tres cosas:1. El título de la película era genial. Sonaba a cuestión definitiva, a oscurantismo, a batallas épicas...
2. Vieron el afiche de la película? Arrechísimo.
3. Bergman era un genio atormentado del cine y yo siempre he querido ser uno de esos.
Así que compramos nuestros tickets, contrabandeamos unas bolsas de gomitas y chocolates a la sala y tomamos nuestros asientos. Obviamente no habían trailers... Era Bergman!
La película era un poco más lenta de lo que esperaba, pero la trama era muy interesante: Un caballero y su escuderon van camino de regreso a casa después de participar en las Cruzadas. En su trayecto, el noble, interpretado por un joven Max von Sydow, juega una partida de ajedrez con la Muerte (AKA el tipo del afiche... ven? arrechisimo!). No recuerdo el diálogo, pero sé que la forma en que describen la vida en el Medioevo se me quedó grabada para siempre. Los juglares y su show ambulante, la adolescente torturada y lanzada a la hoguera, los artistas de las iglesias, los religiosos, las damas expectantes... todos son excelentes retratos de un momento muy duro en la vida del hombre.
Me gustaría hablarles del final de la película... que se supone es toda una revelación acerca de la aceptación de la muerte y el significado de la vida, pero el hecho es que nunca pude ver la última escena.
Después de haberme comido todas las gomitas y de haber seguido la partida de ajedrez por hora y media, la cinta se quemó.
Si, se quemó. En un instante Bibi Andersson mira a través de la ventana a ver si ha pasado la tormenta. Al siguiente un par de líneas y burbujas marrones se extienden por toda la pantalla. Se prenden las luces y el pobre ser humano que cuida la puerta se coloca enfrente de todos y anuncia lo obvio: "Señores, la cinta se ha quemado y es la única copia que existe del Séptimo Sello en el teatro".
Han pasado doce años y aún no he visto el final de El Séptimo Sello. Y, francamente, lo prefiero así.
Lo que me pasó en el Ateneo es parte de los imponderables de la vida.
A veces uno hace planes durante meses, años, y un instante cambia todo. Ni para bien, ni para mal. Simplemente lo que creías que te tocaba no te toca. No en este momento y quizá nunca. Es la lección que la vida se empeña en darme y que a mi más me cuesta aceptar.
Detesto esa frasesita que dice la gente de que "Dios se ríe de los planes del hombre". A mi me sabe a ñame esa %$&/=*!... la vida no es una batalla con una divinidad...Y esa es la lección más importante que yo le saqué al Séptimo Sello. La vida es la vida. Hay que echarle piernas a todo y luchar con las uñas. ¿Tienes que jugarle una partida de ajedrez a la muerte para comprar unos días más y poder ver a tu esposa una última vez? Pues a jugar se ha dicho. Pero, también esta el detalle de qué pasa si no puedes hacer nada. Si el azar gana, te toca jugar banca y eso es lo más dificil de hacer.
Ojalá, siempre tuviera el tino de aceptar las cosas con la serenidad de los personajes de El Séptimo Sello... o por lo menos la que tuve cuando se quemó la cinta en el Ateneo...
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