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16/5/10

Las Cenizas del Eyjafjallajökull

Hace un par de semanas decidí visitar la ciudad de Barcelona, en España. El salto del charco estuvo bastante bien: Comí, vi películas y dormí hasta que el piloto anunció la pronta llegada al Aeropuerto de Barajas, en Madrid.

Después de pasar los controles migratorios de rigor, busque un asiento cerca de la pantalla donde anuncian la salida de los vuelos y me dispuse a esperar a que anunciaran por cuál puerta saldría el avión a Barcelona.

Esa mañana, Barajas estaba completamente vacío. El volcán islandés Eyjafjallajökull llevaba una semana en erupción y su destructiva ceniza había cubierto completamente el cielo del norte de Europa. Como buena periodista pensé que era el momento perfecto para escribir una crónica. A lo mejor, hasta podía entrevistar a unas viejitas inglesas que estaban jugando cartas en uno de los cafetines del aeropuerto.

A las 10:30 am, faltando media hora para abordar, una voz femenina anunció que el aeropuerto de Barcelona estaba cerrado. La nube del Eyjafjallaökull había llegado a España y yo había pasado de testigo a víctima.

Lo que sigue es la demostración clara de que, a la hora de las chiquitas, no hay diferencia entre los ciudadanos del primer y tercer mundo. Después de recoger mi maleta en la correa de equipajes, un amable representante de Iberia me indicó que fuera al segundo piso del aeropuerto, donde oportunamente me indicarían cómo llegar a mi destino. Fue la última vez que alguien con un ápice de autoridad me dio una respuesta.

El piso dos de Barajas estaba repleto de maletas y pasajeros, todos ordenados en seis filas que ocupaban el aeropuerto de punta a punta. Luego de estar dos horas jugando a la Víbora de la Mar, observé que afuera habían varios autobuses, tipo turismo, en los cuales estaban abordando a los pasajeros.

A medida que te acercabas a los autobuses comenzabas a escuchar gritos y cánticos: "Queremos llegar a Milano", o "@#%$#^ en Iberia, son unos @*#&$^". A la puerta de uno de los transportes un grupo de alemanes forcejeaba con unas inglesas para entrar primero. La escena parecía sacada de una película apocalíptica... y -dado que he visto varias de esas- ya sabía lo que tenía que hacer: Buscar un medio alternativo de transporte.

En medio del caos, logré agarrar por la chaqueta al único representante de Iberia que encontré en ese piso y le pedí que me dijera si la linea había apartado uno de los autobuses para los pasajeros que iba a Barcelona. "No hay autocars para Barcelona todavía, pero si quieres te puedes anotar en esta lista a ver si consigues un puesto en uno de estos", dijo mientras me mostraba una faja de hojas con al menos 300 nombres escritos.

Un chico con ojos desesperados, mochila de viaje, y acento uruguayo, se acercó y me dijo que el también iba a Barcelona pero no sabía que hacer. "A la estación de trenes!", exclamé al estilo del Batman de Adam West. En Atocha, la escena era parecida a la de Barajas: Miles de pasajeros con grandes maletas recorriendo la estación, al tiempo que otros tantos hacían una cola enorme para comprar un boleto de tren.

La mala noticia era que todos los boletos estaban vendidos y la peor era que para comprar uno para el día siguiente había que hacer una cola de 100 personas, para tomar un ticket numerado que te daría acceso a una de las taquillas de venta. Por suerte para mi, el uruguayo encontró a unos amigos que ya tenían el ticket numerado en mano.

Los sureños no quisieron esperar para comprar un boleto. Anunciaron que intentarían abordar un tren hacia Valencia y de allí conectarían a Barcelona. Como no quise acompañarlos, me desearon buena suerte y me regalaron el ticket numerado. Dieciséis horas de viaje y 180 euros después, conseguí comprar el boleto de tren hacia la ciudad condal.

Al salir del terminal, me encontré de nuevo a los uruguayos: "Rentamos un autocar! Venite con nosotros que nos sobran dos plazas. En siete horas estaremos en Barcelona . Venite y te ahorrás el boleto de tren", insistió uno de los viajeros, sin darse cuenta que mis ganas de tener una aventura en carretera eran nulas.

Di las gracias y tomé un taxi hacia la casa de un familiar, que me ofreció asilo por esa noche.

En Islandia, Eyjafjallajökull seguía humeando: