Después de un par de años, otra vez me toca pararme temprano con relativa frecuencia. No es que me encante despertarme antes de que salga el sol o que canten los pájaros, pero debo admitir que me fascinan los colores del amanecer. Hay algo en esa luz que te invita a empezar de nuevo, a arrancar, a estar feliz... esa luz y el aire fresco lleno de rocío mañanero, por supuesto.
Cuando vivía en Caracas y tenía que salir de mi casa a las 5:30 am, lo que más disfrutaba era adivinar en que parte del trayecto me iban a agarrar los primeros rayos del sol. Muchas veces ligaba a que fuera a la altura del CCCT, porque allí podía disfrutar mejor de los morados y azules verdosos que pintaban al Ávila a primera hora del día.
Aquí no hay montañas que se pinten de colores, pero si hay muchos árboles y un horizonte amplio que cambia de tono minuto a minuto.
En estos días acompaño este espectáculo con música clásica y debo admitir que es uno de los momentos perfectos de mi día. Vean la foto e imagínense la cuestión por un rato. Verdad que es hermoso?